La transición gubernamental constituye un proceso esencial para garantizar continuidad institucional y eficiencia administrativa. En este contexto, resulta pertinente recordar que “el presidente de la República de Guatemala abandonó las mesas de trabajo para la transición del gobierno”, desaprovechando —como señala el testimonio citado— la oportunidad de contar con al menos seis meses de preparación para asumir con mayor solvencia los desafíos del Ministerio de Comunicaciones y Obras Públicas. Esta omisión no es menor, pues la planificación temprana es, en cualquier administración responsable, la base para una ejecución eficaz.
Asimismo, se destaca que la arquitecta Jazmín de la Vega inició su gestión con solvencia técnica y un conocimiento sólido de la administración pública. No obstante, según el texto referenciado, “el presidente de la república Bernardo Arévalo y el ministro de finanzas Jonathan Menkos tuvieron demasiada injerencia” en la definición de prioridades y compromisos de obra pública. Tal injerencia, que incluso habría llevado al presidente a afirmar públicamente que él mismo autorizaba pagos sin criterios técnicos ni administrativos, evidencia una preocupante centralización de decisiones que, lejos de fortalecer la institucionalidad, la debilita.
Posteriormente, la designación del Sr. Félix Alvarado —quien no logró acreditar ningún título— dejó como resultado un episodio emblemático: la reparación de un “hoyo” o la “falla de tuberías de drenajes” en el kilómetro 44 Palín-Escuintla, una obra que “duró aproximadamente un año, costó más de 100 millones de quetzales” y cuya entrega aún no satisface las expectativas ciudadanas. Este caso, más que anecdótico, ilustra la ausencia de rigor técnico y supervisión adecuada.
A ello se sumó la llegada del coronel de Ingenieros DEM Miguel Ángel Díaz Bobadilla, figura en quien, muchos depositamos esperanzas por su formación militar, asociada a la disciplina y diligencia. Sin embargo, su gestión concluyó con una ejecución presupuestaria del 47% en 2025, además de su declaración de que “en este gobierno no se ha realizado un solo kilómetro de carretera nuevo”. Su remoción, seguida por la designación de la ingeniera Norma Zea Osorio, colocó nuevamente al Ministerio de Comunicaciones en un ciclo de inestabilidad que dificulta cualquier planificación seria. Ojalá logre la actual ministra logre mejorar la dinámica del MICIVI.
El detonante de esta reflexión fue la respuesta del presidente Arévalo cuando se le consultó qué podía esperar San Marcos en materia de infraestructura. Según el registro textual: “las carreteras se estén cayendo a pedacitos (…) es el producto del abandono histórico”. Aunque es innegable que la infraestructura ha sufrido décadas de sin llegar a la situación actual, un presidente no puede ampararse indefinidamente en la herencia recibida, sobre todo cuando ya ha transcurrido la mitad de su mandato y su administración no ha logrado estabilidad en el gabinete ni avances sustantivos en obra pública.
A estas alturas, resulta insuficiente —y políticamente insostenible— continuar responsabilizando a gobiernos anteriores. La ciudadanía exige resultados, no diagnósticos repetidos. Después de casi dos años, “lo único que ha logrado con éxito es endeudar a Guatemala”. La observación no es menor: el endeudamiento, cuando no se traduce en inversión tangible, compromete la sostenibilidad futura del país.
Por ello, yo sostengo de forma contundente que: “La responsabilidad del actual presidente de la república no sólo está en el ámbito de infraestructura sino en el moral, económico y administrativo y será el responsable del destino de nuestra nación”. La conducción del Estado demanda responsabilidad ética, competencia técnica y coherencia institucional. Sin esos elementos, cualquier discurso sobre abandono histórico se convierte únicamente en un pretexto para justificar la falta de resultados.

